Relatos de toda una vida

Argimiro Meléndez
Crónica
ISBN 978-980-8187-06-9

Argimiro Meléndez y el narrar como condición humana

Leí no hace mucho que una antropóloga francesa marcaba el inicio de nuestra humanidad en el momento en que como parte de un grupo, alguien decidió que valía la pena cuidar del anciano, del enfermo, de aquel que en otra circunstancia, o dejado a su suerte, hubiese sido víctima del inevitable proceso de la naturaleza.
Siempre pensando en la escritura, esta afirmación me hizo reflexionar si este fue un proceso silencioso, o en el interín de inmovilizar una pierna rota o alimentar al que no puede valerse por si mismo, la palabra fluía en forma de crónica, de narración o de memoria de un proceso anterior y quizás mítico en el que alguien, por primera vez, alimentó a un bebe cuya madre cedió en el laborioso proceso de parto o al cazador cuyo brazo hubiese roto alguna bestia antediluviana.

Narrar es un hecho inherente a la condición humana, bien sea para transmitir un conocimiento, entretener o simplemente llenar el cada vez más insolente vacío que la vida moderna impone en forma de silencios incómodos o momentos de espera compartidos.

Como lo cuenta Argimiro en sus historias, la reunión familiar, el encuentro casual y aún la cotidiana cola son lugares y momentos para ese fluir interior que termina volviendo un espacio común la experiencia individual. No hay algo que nos haga más humanos y nos acerque unos a otros que compartir un chiste, una anécdota, una experiencia similar, que nos recuerdan que todos estamos sujetos a similares vicisitudes en nuestro andar por esta vida.

Quizás ya no nos reunimos en un espacio común a escuchar al chamán narrar los tiempos míticos, los orígenes de nuestro linaje y la explicación ancestral a nuestro entorno, pero conservamos ese afán por registrar todo en forma de palabra, de cuentos y consejas, a ordenar las difusas memorias de la juventud en forma de pequeñas mitologías que gustosamente entregamos a los oídos ávidos de un niño o confesamos con complicidad con aquellos que atraviesan una situación que ya hemos vivido y afortunadamente superado.

La literatura no es solo la construcción estética del discurso hablado o escrito. Es también acariciar esa realidad que nos rodea con el instrumento poderoso y tierno del pensamiento, sea transformándolo a voluntad o conservando lo más prístina posible su esencia física o espiritual. Un buen amigo, artista plástico, me dijo una vez que los escritores a veces no aprovechábamos la oportunidad única de estar dotados para la palabra, en reconstruir retratos y paisajes a conveniencia y en absoluta libertad.

Creo que Argimiro aquí, ha tomado sin saberlo esa reflexión y lo ha convertido en una galería viva, donde se pueden disfrutar los detalles, los colores y sabores de la vida, quizás de la misma forma que él los vivió, dándole a un instrumento estéril como la tinta sobre el papel, la vitalidad y el pulso de la vida sensible y pura que nos rodea.

Eduardo Mariño Rodríguez

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