
Ramón Emilio Hernández
Poesía
ISBN 978-980-8187-00-7
Abordar la extensa obra poética “Migranterías” de Ramón Hernández, implica despojarse de la lectura superficial que la reduciría a una simple crónica del desarraigo. Nos obliga a empezar a visualizar al autor en su rol de modelador y transfigurador de una realidad subyacente. Esto permite una aproximación comprehensiva y coherente a su universo temático, en el que lo artístico no es sino un elemento más junto a los caracteres actitudinales y antropológicos que se derivan de su posición moral ante la vida.
En primer lugar, debemos señalar que Hernández pertenece a la estirpe de aquellos que se han liberado de las influencias alienantes, superándolas y entendiéndose directamente con las raíces de la experiencia humana. Esta actitud libertaria se ofrece como la capacidad de dar otra lectura a la riquísima y dolorosa herencia de la migración contemporánea, incorporándola de forma simbólica y fáctica en el discurso de la obra.
Esta libertad de reinterpretación de los símbolos y estructuras conceptuales le permite al poeta insertar sus temas y personajes dentro de un sensible y complejo discurso moral que abarca no solo lo anecdótico, sino también el humor, la poesía, y su propio papel como sostenedor y transmisor de ese mensaje. Así, el poeta como fabulador ejerce también un papel de orientador y preservador de una conciencia.
El retrato de la resiliencia y su paleta ética
Acercándonos al carácter formal, la obra se manifiesta en destellos de versos concisos, casi telegráficos, que le confieren una fuerza cincelada a cada testimonio. El modo de expresión es la talla de la palabra, donde la forma respeta las líneas naturales de la dureza y el dolor. Su discurso está construido en torno a un principio de utilidad: el artista no solo debe decir, sino debe decir cosas útiles, cosas que contribuyan al crecimiento moral y humano. Un severo compromiso social hay implícito en esta voz.
La escala cromática de la secuencia es la del mineral de la tierra: grises terrosos y la oscuridad de la noche y el silencio. No se busca la violencia explícita, sino que se resalta su sordidez a través de la descripción sin artificios del horror, el abatimiento y la tristeza. Esta paleta autóctona se vincula de manera íntima y natural con nuestro entorno y nuestra realidad, diferenciándose de los imaginarios eurocéntricos. El uso de estos tonos refleja una melancolía inherente al olvido, a lo perdido a través de la pérdida de la propia inocencia del hombre.
Personajes ineludibles y el sentido del viaje
En la obra, la figura de la Muerte —bien sea en el Darién o en el Mediterráneo— se caracteriza y asume una personalidad propia y una funcionalidad específica en la narración. Aparece como el ineludible compañero de viaje, la inefable marca de la fatalidad que, como en el arte medieval, está presente en cada hecho de la vida, y a la que se guarda el respeto necesario como un elemento del orden natural.
Paralelamente, el poema elabora la figura del emigrante a través de un alter ego que es el símbolo del espíritu rebelde e inocente, el hombre y sus valores ante la vida. La clara valoración de los atributos físicos (los cuerpos cansados y sudorosos) va de la mano con la que se otorga a los atributos morales de la perseverancia, la fidelidad y el amor inquebrantable a la tierra propia.
El discurso se desarrolla en una suerte de evolución conceptual donde la narración del poeta acompaña a cada cuadro, otorgando significación y valor a los detalles, incluso a los aparentemente irrelevantes. Las sub-tramas, como las humillaciones, la esperanza o el chantaje, conllevan una interpretación de la realidad que incorpora el elemento espontáneo y travieso del artista al recrear su mundo desde el trabajo poético.
La Esperanza y el Ultimátum
El ciclo de poemas es, en esencia, una carrera de héroes, donde el tiempo se convierte en un enemigo que se desvanece con las ilusiones. No obstante, el poemario se resiste a la derrota absoluta. El emigrante, a pesar de ser “sombra que transita” y de enfrentar un mundo desigual y brutalmente capitalista, insiste en la búsqueda de la luz y en el ofrecimiento de su propia humanidad.
El trabajo de Ramón Hernández es, en sí mismo, un acto de arte y vida. Él ha construido una voz, una escuela de sensibilidad que ya resuena, y que tiene la admiración de quienes entendemos que la poesía puede ser el medio más honesto y profundo para sostener un compromiso social.
