La sutil evanescencia de los días

Eduardo Mariño Rodríguez

Ensayo

ISBN 978-980-8184-01-3

Para quien suscribe estas líneas, asomarse a las páginas de La sutil evanescencia de los días no es solo un ejercicio de lectura. Es, ante todo, la continuación de un diálogo que iniciamos con Eduardo Mariño hace ya bastantes años, cuando compartíamos con emoción y entusiasmo juvenil y en los más diversos y plácidos espacios de nuestro pequeño pueblo, discusiones de literatura, música, política, religión, astronomía o cualquier otro tema que en la época pre-internet eran verdaderas proezas intelectuales o simples actos de majadería y excusas para bebernos unos tragos.

En aquellos días, bajo el calor plano y absoluto, escribir era una forma de descifrar, pero también de soportar con dignidad y felicidad nuestro entorno. Hoy, al presentar estos ensayos, compruebo con profunda satisfacción que Eduardo ha mantenido intacta esa misma necesidad de interrogar la realidad, pero lo hace ahora con la madurez intelectual y una sensibilidad que solo se alcanza cuando ya empezamos a sufrir en nuestros cuerpos los achaques y el cansancio propio de nuestra edad.

Este libro posee la rara virtud de presentarse no como una simple acumulación de textos dispersos, sino como un todo orgánico, un mapa donde cada ensayo es un camino que converge en un mismo centro: La preocupación por el tiempo, la memoria y el destino de lo humano. Eduardo se mueve con un paso noble y firme entre lo local y lo global, demostrando que no existen fronteras para el pensamiento cuando este se ejerce con honestidad. Así, las tensiones de nuestro presente —ya sea la incertidumbre sociológica ante la irrupción de la Inteligencia Artificial o las grietas del sistema educativo en la nueva Roma, no se aíslan de nuestras propias búsquedas colectivas y rescata como alternativa de resistencia el valor de la acción comunitaria entretejida en nuestra sociedad.

Esa misma mirada que analiza el mundo contemporáneo es la que se vuelve hacia el pasado y la tradición para buscar respuestas. Hay en esta obra un hilo invisible que conecta la vanguardia literaria de Oswaldo Trejo con la resistencia histórica plasmada en el arte popular de Demetrio Silva, llegando incluso a mostrar el arraigo temporal de la cosmogonía Guahiba en nuestros llanos. Eduardo nos propone un viaje donde el pasado y el futuro se miran de frente; nos invita a entender que rescatar la memoria, la de nuestros escritores, nuestros artesanos y nuestros pueblos originarios, es la única manera de evitar que los días se disuelvan en la nada, en esa “sutil evanescencia” que da título al volumen.

Detrás de esta cohesión temática se encuentra el estilo del autor. Eduardo huye quizá inconscientemente de la arrogancia verbal y del lenguaje innecesariamente hermético. Su escritura es limpia, accesible y cercana, pero con una rigurosidad metodológica implacable que en vez de oponerse parece atraerse, como las parejas extrañas pero indivisibles que veíamos en algunas páginas de Trejo. Ese arrejunte —como le dicen en los Andes venezolanos a esas uniones amorosas incomprensibles, en este caso produce una claridad tranquila que es el camino que involucra al lector y lo lleva a preocuparse y a hacerse las mismas preguntas.

En definitiva, este libro es el testimonio de un escritor cojedeño que desde su espacio vital se atreve a pensar el mundo entero. Pero con una particularidad que a mí me encanta: Desde lo local que trasciende el tiempo hasta lo que nos atormenta en el furioso presente, La sutil evanescencia de los días es, al final, una invitación a detenernos, a mirar detrás de la prisa cotidiana y a reconocernos en esos pequeños espejos de la cultura y la historia.

Johnny Figueroa Gómez

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